El momento de los valientes

Por Marc Vidal, analista económico y emprendedor; autor de Contra la cultura del subsidio, de Gestión 2000

Hace pocos meses ofrecí una conferencia acerca del valor emprendedor. A todos los presentes les dije que tener un sueño y hacer todo lo posible por llevarlo a cabo es gratificante por el mero hecho de recorrer el camino. Mi charla se titulaba “El club de los soñadores” y representaba el aprendizaje en momentos difíciles. Al iniciar mi intervención comuniqué a los asistentes que les regalaba cien mil euros. Les pregunté qué harían con ellos. Unos dijeron viajar, otros pagar la hipoteca, una decena meterlo en el banco, pero la mayoría dijo “montar un negocio”. Esa misma pregunta la hizo una televisión unos días antes y el resultado fue todo lo contrario. La mayoría no pensaba en afrontar ningún reto empresarial. Es normal. La mayoría de la gente, sin darse cuenta, continúa esperando que el Estado los identifique como ciudadanos débiles, les reduzca su criterio individual, les conceda una plaza en la incubadora social, les muestre las ayudas posibles, les conceda soporte y les recorte libertades. Al depender de más ayudas, el ciudadano cada vez tiene menos opciones de autogestión.

Dicen que llevamos en crisis cerca de tres años. Incluso hay quien habla de “recuperación inminente” como si estuviéramos en condiciones de recuperar algo. Pocos han aceptado la situación real. Nada queda por recuperar y mucho por afrontar. Afrontar una nueva situación tremendamente estrecha, compleja y donde los que vean antes el nuevo escenario más opciones de crecer tendrán. Esta no es una fase intermedia, ni un enlace con algo diferente, ni tan siquiera tiene que ver con la curación de las heridas. La actual situación es a lo que vamos a tener que enfrentarnos en las próximas generaciones: es la desembocadura final.

Me alegra haber llegado a la conclusión de que no hay nada que recuperar. Espero que no regrese el modelo insostenible que nos ha llevado a esta situación. No era más que un circuito cerrado que pretendía vender productos cerámicos que nadie necesitaba por el mero hecho de que, en la sucesión de reventas, su valor ascendía hasta niveles que rozaban el insulto. Este país está frente al reto de generar una economía vinculada al conocimiento y a las nuevas tecnologías, a los servicios con un alto valor añadido y a una industria sofisticada y de vanguardia. La otra opción es esperar el retorno de un mecanismo económico que fue un artilugio retorcido para hipotecar el futuro.

El nuevo modelo es una parada técnica que se alargará años y que se fundamenta en una atonía global que desincentiva la inversión privada e impide la pública por el asuntillo del déficit. Se ha diseñado muy bien el espacio donde debe desarrollarse todo ello. Se ha preparado a la sociedad, se la ha dormido adecuadamente. A medida que se insinúa que estamos a pocos metros de una mejoría inminente, la buena gente espera con paciencia a que eso ocurra. Al mismo tiempo, por empatía, se transmite la impresión de que ser emprendedor es una actividad de suicidas en lugar de valientes, que estudiar oposiciones es una buena manera de asegurarse el futuro o que permitir que se escape el talento joven a Alemania es un mal temporal, puesto que en cuanto “todo se arregle” volverán. Ya…

En todos los territorios económicos aparece una oportunidad, y en este también. Lo importante es aceptarla, asumir sus condiciones, sus nuevas reglas del juego y, sobre todo, ponerse en disposición rápidamente. A los que anuncien “recuperaciones” futuras o mejores tiempos en breve, ¡ni caso!, esto se queda así y así será hasta que entre todos modifiquemos el sistema económico y las cláusulas que lo definen. El camino está plagado de piedras, pero hay que empezar de algún modo. ¿Cómo lo hacemos? Enfrentándonos al protocolario discurso de “estamos tocando fondo, a medio plazo todo se irá recuperando”. Es necesario descubrir la verdadera oportunidad digital, la renovable, la de escuchar a los clientes en las redes sociales, la del talento global, la de ayudarse colectivamente para hacer ejecutivo el control de costes, la de acumular eficiencia, la de retener el talento alrededor del propio emprendedor, la de aliarse con el enemigo si es preciso, la de transaccionar con proveedores, la de revisar si un modelo de negocio no se ha quedado obsoleto y lade apostar por los cambios que lo puedan hacer viable cueste lo que cueste, aunque lo cueste todo y te lleve al cierre. Del fracaso y de la ruina, se aprende.

Si no hacemos nada, la clase media seguirá cediendo terreno a cambio de que otros aporten la solución. Somos la clase media menguante y lo somos en gran medida porque nos da la gana. Es posible que no nos demos cuenta de que los primeros responsables de muchos de los males que vivimos somos nosotros mismos. La velocidad y la fortaleza con la que salgamos de ese tránsito complejo dependerá en gran medida de la voluntad y la libertad que tenga la gente para afrontar este reto.

PUBLICADO EN LA VANGUARDIA, 27 DE MARZO DE 2011

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